Escribir lo que no se encuentra, escribir lo imposible, lo no existente. Perseguir un falso recuerdo, una invención, un capricho o el espejismo. Una vana esperanza de trascender los límites de lo impuesto, engañar a la memoria, traicionar a la conciencia.
Franquear la moral de lo cotidiano, el sol de todos los días, el sueño impuesto frente a un espejo. Ser el Ser paranormal, paradisíaco, parapetado, paranoico, una cortina de humo detrás del monitor.
Y entonces descender a la espiral de lo deseado, como una serpiente reptando sobre mis sueños arcaicos, el secreto mundo que hay detrás de los ojos; destruir esa frontera total y salir vivo, respirando, de este tiempo sofocante, de este espacio y esta memoria cercenada.
Tomar una gota en la lengua desde la insólita lluvia gris que me deshace cada día.
Hay demasíadas letras y muy poco rock en este espacio, así que, tratando de remediar esta falta, me disculpo con esta verdadera joya de 1966 que espero disfruten.
No deja de ser curioso que una publicación como El País tenga en su libro de estilo un principio donde señala que: “La línea editorial del periódico es contraria al fomento del boxeo, y por ello, renuncia a recoger noticias que puedan contribuir a su difusión”; a pesar de este rechazo a "lo violento", El País no tiene problemas con la tauromaquia, que no es un espectáculo tierno para ser sinceros.
Sirva esto para ver a qué grado puede herir susceptibilidades el box: sí, es un deporte brutal; corrupto, la mayor de las veces, y, hay que decirlo, morboso en gran medida. A mí, me encanta.
Mi padre era un gran aficionado al box y disfrutaba mucho ver con él las funciones sabatinas en la noche veracruzana, sentados en las mecedoras de la sala, con las puertas y ventanas abiertas, la luz apagada y el ventilador discreto, cada quien agitando una toalla para mantener alejados a los mosquitos. Cerveza para él, agua de limón para mí.
Y es extraño porque no me considero una persona agresiva ni violenta. Yo nunca he visto al box de esa forma, al contrario: para mí, siempre representó una gran metáfora del triunfo de la voluntad personal, una prueba soberbia de resistencia, valor y fuerza; también lo tengo como uno de los pocos gustos comunes entre mi padre y yo.
Y es que el boxeador que realmente aspira a triunfar (y durar) debe pasar por una serie tremenda de sacrificios y disciplinas que le permitan llegar pleno a un campeonato: entrenamientos exhaustivos, depuración de técnicas, presión de promotores y entrenadores, dietas terribles para mantener el peso, deshidratación antes y después de la pelea, evitar vicios y excesos, para que al final, a la hora de subir al ring, esa preparación de años haga la diferencia entre ganar y perder; además, necesita algo que sólo corresponde a cada espíritu: una determinación inquebrantable y una voluntad capaz de superar la fatiga y los castigos físicos imposibles para el resto de los seres humanos. En resumen: una concentración casi monacal que no sólo involucra la disciplina, sino también el valor guerrero de enfrentarse conscientemente a alguien que sabes te va a herir.
Me fascina ver cómo el buen boxeador cae, se levanta y sigue luchando, a veces para llevarse la victoria y toda la gloria; otras, para acabar casi muerto, derrotado, humillado, olvidado. Es un drama insuperable, real como la vida misma: no hay concesiones, no te puedes esconder, cansa y duele, es sin prórroga: al sonar la campana, tienes que salir a pelear, aunque el adversario sea mejor que tú, aunque ya no tengas fuerza para luchar, aunque no puedas soportar un solo golpe más en tu rostro.
Con esta idea, va toda mi admiración a Juan Manuel Márquez, un boxeador que está en la palestra mediática del Youtube más por sus derrotas que por sus victorias. Aunque es el actual campeón de las 135 libras, le tocó crecer bajo la sombra de dos súper estrellas mexicanas: Marco Antonio Barrera y Erik Morales, por lo que tardó mucho en sobresalir; Márquez se ha hecho de un nombre frente a los reflectores de HBO como un peleador digno de reconocimiento, demostrando en cada pelea su gran condición y talento; pero siempre será recordado por su dramatismo en las caídas que sufrió contra el campeón filipino Manny Pacquiao, un verdadero tigre-boxeador, el último gran verdugo del boxeo mexicano.
Y es que Márquez, por paradójico que se escuche, ganó esta infame atención en dos combates llenos de belleza y verdad, con un derroche de técnica y habilidad superior a la de Manny Pacquiao; sólo dos cosas lo separaron de esta gloria que se antoja robada: mandar a la lona al filipino y no ser derribado.
En el box, el knock down lo es todo; la diferencia con el nocaut es que éste es el fin de la pelea. Una caída impresiona a los jueces y al público, da los mayores puntos, avergüenza eternamente al boxeador: es un lastre imposible de quitar por el resto de la pelea y de la vida. Márquez encontró los demoledores puños del filipino cuando mejor estaba boxeando, cuando mejor lucía, cuando tenía las mayores posibilidades; el knock down lo fue todo, y a Márquez no le alcanzó todo su counter pounch acumulado; y se quedó a un paso de quedar en la historia como el hombre que frenó la consolidación del llamado "Mexicutioner" y ser el número uno del mundo "libra por libra".
Particularmente, en el primer encuentro que tuvieron, cuando ambos estaban en ascenso y era la oportunidad de ambos para llegar al cielo boxístico, Márquez sufrió tres caídas en el primer round, algo insólito para una pelea de esa categoría y para un boxeador como él; simplemente nadie podía creer lo fuerte y rápido que pegaba el filipino. Al final del asalto, Márquez tenía la nariz rota, un público enardecido por la sangre y once rounds más por pelear. Nadie creería hoy que no sólo acabó la pelea, sino que rescató un empate por la excepcional cátedra de boxeo que dio esa noche. Manny Pacquiao no es ningún dulce, ha derrotado por nocaut a todos los grandes boxeadores mexicanos: Morales, Barrera y recientemente Óscar de la Hoya; terminar ese encuentro, en esas condiciones, nos habla de un espíritu imbatible, de un arrojo y una superioridad moral pocas veces vistas en cualquier aspecto de la vida.
Sólo por esa pelea, considero a Márquez como una verdad, un boxeador de donde sale lo que más admiro de este deporte, y sobre todo, un hombre real, un brote de sabiduría sólo comparable con esa dura realidad resumida por Hemingway en El viejo y el mar: “Un hombre puede ser destruido, pero no derrotado”.
Cuántos díasy minutos oscuros me llevó alejarme de la bestia que vive en ti, esa que cuando la música suena y corren los vinos, todo lo aplasta y devora en su calor animal.
Y me puedo romper hasta el último de mis huesos, resbalarme y caer hasta el fondo de tu mirada de piedra, y será inútil:
Vendrás con los dientes, las uñas y el suave olor de tu cabello.
Vendrás como una bestia de saliva quemante, con tu circundante, absoluto, invisible ardor.
No es extraño que Tideland haya provocado opiniones tan diversas que van desde considerarla un verdadero asco hasta la de tenerla ya como una obra maestra; esta vez Terry Gilliam “se ha volado la barda” al presentarnos un arriesgado film sobre la imaginación infantil, donde presenta con mucho oficio dos tabúes de nuestros tiempos: la convivencia con las drogas y la sexualidad de una niña.
Y es que Jeliza-Rose, la protagonista, es lo más fiel a lo que podríamos llamar un “Real Wild Child” posmoderno, una sobreviviente de un mundo funesto. Sin tremendismos, con mucho humor e imaginación, el director resuelve con gran talento la complicada tarea de darnos la perspectiva fantástica de una pequeña, inocente y dulce, en un ambiente degradado al extremo por la disfuncionalidad de sus mayores que la rodean.
Los padres de Jeliza-Rose son un par de adictos terminales; al morir la madre a causa de una sobredosis, el padre decide partir a la casa de campo de la abuela; el lugar está en ruinas, abandonado en la nada de una gran pradera, donde los únicos vecinos son una pareja de hermanos bastante extraños: una tuerta aficionada a la taxidermia y un joven retrasado mental que sueña con matar al “tiburón”: el tren de pasajero que atraviesa cada día por esa zona. Este crecimiento entre verdaderos seres torcidos conmueve y asombra por el delgado hilo, siempre a punto de romperse, de la inocencia infantil y los peligros que la rodean.
A pesar de que esta evasión infantil no es algo nuevo (recordemos El laberinto del fauno), la visión de Gilliam es mucho más cruda y cercana a la realidad contemporánea; el ambiente de Tideland está cargado de una severa esquizofrenia, rodeada de drogas y sexualidad malograda, que logra ser amortiguada y superada por la imaginación infantil, y que logra desarrollarse sanamente hasta donde le es vitalmente posible.
¿Por qué algunas personas abandonaron la sala de cine antes de que terminara el estreno de esta película en el festival de cine de San Sebastián? Creo que Tideland destroza esa bella capa protectora que acompaña al cine sobre niños y nos ofrece un real equilibrio entre candidez y brutal realidad, donde la niña, soñando con príncipes y besos, se enamora de su vecino retardado y juegan darse besos a escondidas, sin que esto signifique más que un juego infantil, además de convivir naturalmente con sus padres drogadictos al grado de prepararles la jeringa de heroína como si preparara el jugo de naranja para el desayuno.
Lo cierto es que el espectador no sólo se instala en la realidad fantástica de la niña,sino en una buena parte de su psique, y eso es lo que más inquieta y encanta de la película, pues para el adulto, la realidad de la pequeña le resulta demasiado peligrosa y todo el tiempo teme el inminente desastre entre la realidad y la fantasía; sin embrago, al final, el instinto de supervivencia de la nena es más fuerte que cualquier "realidad" que queramos creer.
Sin duda, Tideland es una película que va a trascender: tiene el espíritu actualizado de Alicia en el país de las maravillas y la extraordinaria puesta en escena “on acid” que Gilliam ya utilizó en Twelve Monkeys y Fear and Loathing in Las Vegas. De lo mejor de este año.
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